El miedo también hace parte de cumplir un sueño.
Esa decisión abrió una puerta inmensa. No era solo imprimir un libro: era pensar en un lanzamiento, en reunir a mi familia y a las personas que amo en un mismo lugar, en preparar un momento que aún no llega pero que ya me tiene llena de nervios. Imaginar cómo será ese día, pensar en los detalles, organizar cada cosa, sentir la presión del tiempo y la emoción de saber que estaré rodeada de quienes han caminado conmigo.
No voy a negar que el miedo ha estado presente todo el tiempo. El miedo a que algo salga mal, a que los sueños no sean tan mágicos como en la imaginación, a no sentirme suficiente para sostener lo que significa publicar un libro. La angustia también aparece: esa voz que dice que tal vez no era el momento, que quizás era mejor esperar, que esto suena demasiado grande. Porque sí, es abrumador cuando los sueños empiezan a cumplirse.
Pero junto a ese miedo también está la certeza de que los sueños no son para quedarse quietos: son para arriesgarse. Arriesgarse aunque tiemblen las manos, aunque la mente se llene de dudas, aunque no sepamos exactamente qué pasará. Y en ese riesgo hay algo hermoso: la posibilidad de vivir con intensidad, de decir “lo intenté”, de saber que, pase lo que pase, me animé a hacerlo real.
La logística tampoco ha sido fácil: escribir una carta personal para cada libro, organizar los envíos, registrar quién va y quién no al lanzamiento, recibir el dinero, separar cuáles ejemplares viajarán en sobres y cuáles estarán esperando un café y una conversación después del evento. Todo eso me ha exigido disciplina, atención y paciencia. Pero al mismo tiempo me ha regalado una alegría indescriptible.
Hoy puedo decir que mucho más de la mitad de los ejemplares ya tienen dueño, que hay personas que me esperan, que confían en mí y quieren llevarse un pedacito de mi corazón en estas páginas. Esa confianza me sostiene en medio de la angustia y me recuerda que arriesgarse siempre vale la pena.
No sé qué pasará el día del lanzamiento. No sé si lloraré, si reiré o si me quedaré en silencio mirando lo que alguna vez fue solo un sueño. No sé quiénes llegarán ni cuántos se quedarán. Pero sé que estuve dispuesta a arriesgarme, a creer en mí un poco más, a dar este paso aunque me temblara todo el cuerpo.
Y en eso está lo más bonito: que no importa cómo salga, ni cuántos lleguen. Lo importante es haber tenido el valor de caminar hacia lo que amo, de darle nombre a este sueño, de atreverme a vivirlo. Porque aunque el miedo siempre haga parte del camino, arriesgarse lo vuelve inolvidable.


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