La pared que nos mira
Alguna vez te has quedado observando una pared y, sin darte cuenta, le has visto un rostro. Dos manchas parecen ojos, una grieta se convierte en boca, una sombra hace de nariz. Ese fenómeno tiene nombre: pareidolia.
La pareidolia es la capacidad que tiene nuestro cerebro de atribuir formas reconocibles especialmente caras a objetos inanimados. Una nube que parece un animal, una taza que sonríe, un enchufe que te observa. Puede sonar trivial, pero no lo es: sin esa habilidad, nuestra vida cotidiana sería mucho más difícil de entender. El cerebro llena huecos, interpreta, completa. Nos permite reconocer gestos en milésimas de segundo, descifrar emociones, sentir cercanía.
Y aquí se cruza algo fascinante: lo que a veces creemos un simple juego visual, en realidad es un recordatorio de que nuestro cerebro está hecho para crear sentido. Esa misma capacidad de darle forma a lo que no la tiene, de encontrar patrones, de inventar imágenes, es también la que nos sostiene en la salud mental. Porque cuando todo parece caótico, cuando el dolor nos sobrepasa, necesitamos esa fuerza interna que reordene, que encuentre caminos, que le ponga nombre a lo que parecía informe.
Escribir funciona de una manera parecida. La escritura es mi propia forma de pareidolia: tomo lo invisible, las emociones, los recuerdos, los vacíos y les doy figura en palabras. Como una mancha que se vuelve rostro, un sentimiento se convierte en verso. Lo que antes era sólo ruido interno encuentra orden, encuentra voz.
El arte, en general, hace eso: convierte lo intangible en algo que podemos mirar. Una pintura, un poema, una canción son formas de pareidolia emocional, espejos donde reconocemos lo que no sabíamos nombrar. Y ese acto de reconocer no es poca cosa: es parte de nuestra salud mental, es lo que nos permite sostenernos, comprendernos, seguir.
Por eso me maravilla tanto detenerme en estas pequeñas cosas. Porque detrás de una simple pared que parece tener ojos, hay toda una explicación neurológica, psicológica y humana. Y porque esa misma capacidad de asombro es la que me ha permitido escribir, transformar y sanar.
El asombro no es un lujo, es un camino. Y cada vez que nos detenemos a mirar lo que parece mínimo, una mancha, una palabra, una emoción, descubrimos que ahí también se esconde la posibilidad de volar.

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