Una historia con el alzhéimer

 




Envejecer no es lo que nos enseñaron. Y cuidar a alguien que envejece, tampoco.

Cuando llegué a Hola Mami, quiubo mija..de Claudia Palacios, lo hice desde mi lugar de psicóloga. Pero lo terminé desde mi lugar de ser humana. Eso, para mí, es la señal de que un libro impacto demasiado mi vida.

Colombia es un país que está envejeciendo de forma acelerada. Y sin embargo, el envejecimiento sigue siendo uno de esos temas que se susurran, que se rodean, que se abordan solo cuando ya no queda más remedio. Claudia, hace exactamente lo opuesto, lo nombra. Lo abre. Lo pone sobre la mesa con una honestidad que, a veces, duele.

Hay datos en el libro que se quedan contigo. Uno de los que más me impactó tiene que ver con la prevalencia: el 15 o 16% de quienes hoy tienen 60 años desarrollarán alguna forma de demencia, y esa cifra prácticamente se duplica cada diez años. Lo que significa que lo que hoy parece lejano, para muchas familias colombianas es ya una realidad presente y urgente.

Y aquí es donde el libro me parece valioso. Porque Claudia, no se queda en el dato frío: lo humaniza. Habla de familias reales, de cuidadores reales, de médicos como el Dr. Guillermo Marroquín, considerado el padre de la geriatría en Colombia, y de casos científicos que marcaron la historia, como la mutación genética que desencadena el Alzheimer temprano, cuyo epicentro es, precisamente, nuestro país (pág. 162).

Como psicóloga, los capítulos que más me resonaron fueron los que hablan de lo que rodea al diagnóstico: el miedo, el silencio, el rol del cuidador. Hay una frase que subrayé mentalmente: es poco lo que se habla y lo que se da en torno a un diagnóstico. Y eso, que suena a crítica al sistema de salud, también es una crítica cultural. Porque el cuidado de los mayores en Colombia —y en toda América Latina— sigue recayendo de manera desproporcionada en las mujeres de la familia, sin preparación, sin red, sin acompañamiento emocional.

Las personas requieren rutinas, estabilidad y entornos predecibles para sentirse seguras. (Pág. 47) Cuando eso colapsa —por una enfermedad, por un diagnóstico— no solo lo pierde quien enferma. Lo pierden todos a su alrededor.

El cuidador aparece como un personaje casi invisible en el sistema. Y el libro lo hace visible. La idea de que el cuidador requiere flexibilidad y capacidad de aprender casi día a día (pág. 51) me parece una de las verdades más honestas que he leído sobre este rol. No es heroísmo. Es adaptación constante. Y también, muchas veces, es ansiedad —porque entre más ansiedad, más se bloquea la memoria (pág. 54).

Hay un concepto que Claudia, introduce y que me parece clave para entender el momento que vivimos: el edadismo. La discriminación o el prejuicio hacia una persona por su edad. Desde pequeños nos enseñan que los viejos se cuidan o que "están limitados" (pág. 64). Esa narrativa determina cómo vemos el envejecimiento, cómo lo vivimos y, sobre todo, cómo dejamos de hablar de él.

Edadismo: Discriminación o prejuicio hacia una persona por su edad. Una de las formas de discriminación más normalizadas y menos nombradas.

Anosognosia: Síntoma que afecta la capacidad de reconocer los propios fallos cognitivos, debido a daño orgánico. No es negación: el cerebro literalmente no registra lo que está perdiendo. (Pág. 126)

Demencia senil: lo dice claro, es un término que no existe médicamente. Nombrar bien las cosas es el primer paso para tratarlas bien. (Pág. 55)

Economía plateada: El conjunto de bienes, servicios y políticas orientados a la población mayor. México, Costa Rica y Chile ya tienen marcos normativos al respecto. Colombia va detrás. (Pág. 181)

El libro también tiene destellos de esperanza que se agradecen. El oído es uno de los sentidos que más se conserva con el tiempo —y con él, la capacidad de disfrutar la música (pág. 45). Hay algo profundamente humano en eso. También hay algo esperanzador en la idea del Ikigai, ese concepto japonés de encontrar razón de ser, que Claudia, menciona como parte de las herramientas para un envejecimiento con propósito.

Y está la prevención. Volver a la conexión humana. No todo digital. Expresar necesidades y emociones (pág. 67). Mantener rutinas. Tener entornos predecibles. Moverse. Estas no son ideas revolucionarias —pero en un mundo que glorifica la velocidad y la productividad, recordarlas sí lo es.

Hay una línea que resume para mí lo que hace este libro: lo que se necesita es acompañamiento humano, cercanía, y el cuidado orientado al bienestar (pág. 58). No tecnología que reemplace. No protocolos que desumanicen. Presencia.

Eso es lo que Clauida, desde mi interpetación, defiende. Y eso es lo que, como psicóloga, también siento. El envejecimiento no es un problema a resolver. Es una etapa de la vida que merece ser vivida —y acompañada— con dignidad.

Este libro es una invitación a empezar a hablar de lo que callamos. De lo que no nombramos porque nos asusta. De lo que pasa igual, aunque no lo digamos.

"Ninguna gran historia se escribió con prisa.
Y ninguna vida se cuida sin presencia."

 

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