Kafka le pidió a su mejor amigo que quemara todo lo que había escrito.
Franz Kafka le pidió a su mejor amigo que quemara todo lo que había escrito cuando muriera. Sus diarios. Sus cartas. Sus manuscritos. Todo.
Max Brod no le hizo caso.
Desobedeció su última voluntad, guardó los textos y los publicó después de su muerte. Hoy Kafka es considerado uno de los escritores más importantes de la historia. Lo curioso es que él nunca llegó a verse así. Y hay algo profundamente humano en eso.
Porque solemos pensar que el miedo a mostrar lo que hacemos desaparece cuando alguien “es realmente bueno”. Pero muchas veces ocurre lo contrario, mientras más importante es algo para nosotros, más difícil se vuelve exponerlo a la mirada de otros.
Kafka no era un caso aislado.
Muchos creadores viven tan cerca de lo que hacen que pierden la capacidad de verlo con distancia. Se acostumbran tanto a sus propias dudas, a corregir, pensar y rehacer, que terminan creyendo que lo que crearon nunca está listo. Y quizá ahí aparece una de las preguntas más incómodas:
¿cuántas cosas has guardado porque no te parecían suficientemente buenas?
Un texto.
Una idea.
Un proyecto.
Una versión de ti.
A veces creemos que estamos esperando “mejorar”. Pero otras veces lo que realmente estamos haciendo es esconder algo porque nos da miedo que no sea recibido como esperamos. Y creo que hay una diferencia importante entre crear algo imperfecto y crear algo vacío.
Lo imperfecto todavía puede conmover.
Lo imperfecto todavía puede tocar a alguien.
Lo imperfecto todavía puede quedarse viviendo en otra persona mucho tiempo después.
Quizá por eso me parece tan inquietante pensar en todas las obras que nunca llegaron a existir públicamente.
Todos los libros que alguien borró.
Las canciones que nunca salieron del cuarto.
Las pinturas guardadas debajo de una cama.
Los proyectos abandonados antes de empezar.
Cuántas cosas se perdieron no porque no fueran valiosas, sino porque quien las creó estaba demasiado cerca para poder verlo. Y tal vez una de las cosas más difíciles de aceptar es que crear no siempre es el acto más valiente. A veces el acto más valiente es mostrar.
Soltar.
Permitir que algo salga de tus manos aun cuando no estás completamente segur@.
Aceptar que quizá nunca podrás ver tu obra como la verá alguien más. Kafka nunca supo lo que sus palabras llegarían a significar para millones de personas.
Y eso me hace pensar en algo...quizá muchas veces no somos la persona indicada para decidir el valor final de lo que creamos.
¿Hay algo tuyo que llevas guardando más tiempo del que deberías?
No tienes que responderlo aquí. Pero si pensaste inmediatamente en algo, probablemente ya sabes de qué estás hablando.


Comentarios
Publicar un comentario